jueves, 25 de septiembre de 2014

DREMOR: FIRELIA



"... En realidad el conflicto empezó de forma bastante estúpida. No es como si los dragones y los hombres hubiesen sido siempre enemigos por naturaleza; es que su convivencia en general nunca ha sido fácil. Los humanos, por defecto, tienen un interés suicida en enfrentarse a criaturas que son más grandes que ellos. Y en cuanto a los dragones, bueno... no nos gusta demasiado que nos claven cosas puntiagudas.

Todo empezó cuando aún vivía Firelia la de la garra corta, (llamada así por su fea costumbre de morderse las uñas), que vivía en una cueva al norte de la zona que los hombres llamaban Graven, pero que los dragones conocían como “Allí donde vive Firelia, la hija de la Finira”.
Aunque es difícil de saber si ya había tiranteces antes, o en realidad la culpa fue de sus hijos, que no estaban muy bien educados...

Bueno, el caso es que hubo una tarde en que Flamir, el mayor de los hijos de la dragona volvía de una escapada diurna* a varios kilómetros de su cueva. El tal Flamir estaba en esa edad adolescente en la que uno piensa que lo sabe todo y que su madre ha nacido ayer, y no hace un par de siglos. Como prefería encarar a su madre un poco más fresco, decidió echar una cabezadita antes de llegar a la cueva. Para ello escogió una llanura que le pareció mullida y acogedora, y que por desgracia se trataba de la mullida y acogedora plantación de trigo de un granjero.
Se puede uno imaginar la reacción del granjero cuando salió de echar la siesta en su casa y se encontró un dragón dormido de considerable tamaño, (Flamir estaba pegando el estirón por aquellas décadas). No solo se puede imaginar, sino que se sabe a ciencia cierta que su reacción fue salir corriendo en un sorprendente silencio mientras su mujer le seguía algo menos discreta.
Esta, amigos míos, fue una reacción inteligente. Cobarde, sí. Pero inteligente.

Poco se sabe de la bronca que tuvo aguantar Flamir al llegar a la cueva horas después, pero no debió de ser muy grande, ya que a las dos semanas el alado mozalbete repitió la hazaña escogiendo para la siesta el mismo resignado campo de trigo.
Entretanto, al granjero le había dado tiempo a calcular el dinero que había perdido en la primera siesta del dragón, y no estaba dispuesto a perder su cosecha cada vez que la bestia tuviera sueño.

Es una verdad conocida que cuando un humano pierde algo de dinero, por desgracia pierde también algo de inteligencia.

El pequeño hombre de campo contempló al dragón dormido sobre su preciado trigo y calculó mentalmente el valor de la presa que tenía delante. Como el pobre hombre seguramente no sabía multiplicar, el cálculo no fue muy preciso, pero aún así se convenció de que el beneficio era superior al riesgo.
Hay que aclarar que por aquel entonces la caza de dragones no estaba tan extendida como ahora y un par de escamas de dragón bien podían compensar una cosecha entera. Con un saco de escamas se podía vivir cómodamente cinco años, y con un par de buenos colmillos toda la aldea podía hacerse con un completo molino nuevo. Hoy día un par de colmillos apenas te dan para una barca de remos y un saco de cebollas.

Pero volviendo al tema; al hombre le sobró tiempo para bajar hasta la aldea y conseguir un buen grupo de codiciosos bravucones armados con lanzas, guadañas, horcas... en fin, el típico arsenal de cosas puntiagudas, todos ellos dispuestos a cobrarse la pieza.
Aunque ninguna de estas armas campesinas podían realmente hacer ningún daño grave a un dragón, podéis imaginar lo que supone despertar rodeado de un montón de enanos que te gritan, te clavan cosas, y que probablemente, huelen fatal.
Para más inri, las escamas de Flamir no eran aún la dura coraza de un dragón adulto, sino más bien una suerte de juvenil cáscara.
Para cuando a la víctima le dio por recordar que tenía alas, ya llevaba unos cuantos moratones, un par de “astillas” clavadas en la garra izquierda, y hasta unos arañazos en la cola que rezaban: “Kevin estuvo aquí”.

En mis tiempos, cuando uno llegaba a la cueva de esta guisa, lo suyo es que además se llevara un buen zarpazo mientras le espetaban “¡Algo habrás hecho!” o “¡Así aprenderás a no buscarte líos!”. Pero Firelia era una madre joven y protectora, y cuando vio el estado de su primogénito, emitió un furioso rugido muy poco femenino incluso para un dragón, y echó a volar sedienta de sangre de paleto.
Dos días después Firelia estaba completamente afónica, y apenas quedaba nada de la acogedora granja o de la aldea de avariciosos bravucones. Sino poco más que unas ruinas humeantes, las cenizas de los desgraciados que no pudieron correr bastante y una cafetera que alguien se había dejado sobre la cocina.
Tremenda rabieta.

¿Había sido injusta?, ¿Había ido demasiado lejos la dragona en su ansia de destrucción?.
Puede ser. Así podría ser visto desde fuera. Pero debo reconocer que si Flamir hubiera sido hijo mío no hubieran quedado ni los desgraciados que corrieron bastante... aunque puede que Flamir también se hubiese llevado un buen zarpazo.

Ni que decir tiene que los supervivientes del ataque contaron su dramática historia a todo aquel en kilómetros que les diera comida y abrigo. Y he aquí que uno de ellos había tenido el poco respeto a su propio pellejo como para rescatar de las ruinas tres escamas de dragón. Las únicas tres escamas que habían logrado arrancar a Flamir en su torpe ataque.  

Ah la avaricia... esa poderosa hermana de la ambición que nos separa a hombres y dragones de los animales. En unas semanas las escamas habían cambiado varias veces de manos con mayor o menor voluntad por parte de sus dueños, y es que no hay nada que despierte más la avaricia que aquellos bienes que simplemente no se pueden conseguir en ninguna otra parte.

Pero como tres escamas no daban para satisfacer la codicia humana, no tardaron en aparecer grupos de bravos aventureros dispuestos a hacerse con el honor y la fortuna de cazar a la “Temible Firelia de Graven”, que es como se la empezó a conocer. Muchos de ellos encontraron una muerte calcinada al pie de la montaña, unos pocos desistían frustrados tras una ardua batalla, y algunos simplemente subían la ladera, merendaban junto a la fuente y decidían que había sido un bonito paseo por el monte.
Tarde comenzó Firelia a pensar en mudarse a otra cueva más tranquila, porque un día apareció la expedición del que más tarde sería conocido como “Robert el silenciador de Graven”, acompañado de sus bravos caballeros. 
El susodicho Robert era un noble venido a menos, con un ojo vago y una cordura gravemente perjudicada. El cual, mientras la dragona se merendaba a sus leales caballeros se dedicó a atacar de forma histérica con su espada como una especie de mosquito poseído.
En uno de estos lances, acertó por fin a clavar la espada entre dos escamas justo en la garganta de la bestia, la cual se atragantó con el arma, y se encontró incapaz de lanzar nada más que incrédulos espumarajos. 
La infeliz fue rematada en cuestión de minutos por aquellos caballeros de Robert que aún vivían, y por un escudero especialmente sanguinario.



Los despojos de la pobre Firelia sirvieron para granjearle a Lord Robert un condado en la costa y unas buenas tierras para sus caballeros. El escudero especialmente sanguinario dejó las armas y se construyó una taberna que hoy día aún es famosa por sus carnes a la brasa. "


...





* Como todo el mundo sabe; los dragones somos criaturas nocturnas por naturaleza.
Hay discrepancias en cuanto a si esta nocturnidad se debe a causas biológicas, metabólicas o ambientales, como nuestra condición de depredadores o las molestias que causa la luz solar en nuestros delicados ojos.
O tal vez alguno de nuestros antepasados decidió vivir de noche y ahora nos da pereza corregir la costumbre.