"Llegados a este punto, es inevitable pensar que toda esta muerte hubiera podido evitarse solo con que Firelia hubiese enseñado a sus hijos un poco de respeto por la propiedad ajena. Pero esa es una lección que el joven Flamir aprendió muy bien aunque demasiado tarde.
Se fue con su
hermano Flaman a vivir con su abuela y a partir de entonces su
comportamiento fue tímido y algo cobarde.
El pequeño
Flaman, apenas un bebe dragón por aquel entonces, era demasiado
pequeño para ser consciente de la tragedia sufrida por su familia,
pero aún así no se libró del trauma. Esto es debido a que su
abuela Finira, trastornada por la muerte de su hija, no perdía
ocasión para amedrentar a sus nietos con los peligros de acercarse a
los terribles humanos. Esas criaturas despiadadas que mataban
dragones, robaban sus huevos y por si fuera poco, transmitían
enfermedades.
No es de
extrañar que el pequeño Flaman desarrollara una fobia visceral a
los humanos, llegando al punto que si veía algo parecido a un
hombre, aunque fuera de lejos, comenzaba a chillar y no se quedaba
tranquilo hasta que su abuela lo pisaba. Los niños suelen tener
miedos, de poco sirve que se enfrenten a ellos si no tienen la
madurez para superarlos, de modo que Finria le consentía el capricho
con tal de que Flaman no empezara una de sus rabietas.
Pero esto
tampoco resultó la mejor opción educativa, ya que se juntaban dos
aciagas circunstancias:
Una, que
Finira, con la edad, ya no veía demasiado bien. Y otra, que el
chiquillo chillaba por cualquier cosa que tuviera piernas, brazos o
un sombrero.
Fue así como
la pobre Finira aplastó un buen día un espantapájaros.
Un inocente muñeco de paja que por desgracia estaba construido sobre una antigua
lanza de guerra, la cual demostró ser bastante más resistente que
la columna vertebral de un humano, y también bastante más
vengativa.
No es que las
plantas de los pies sean precisamente la parte más dura de un
dragón. Eso, unido a que Finira la había pisado con bastantes
ganas, ocasionó que la lanza se doblara, clavándose cual garfio
oxidado en el juanete de la pobre dragona.
Para cuando sus
horrorizados nietos consiguieron sacar el arma, el óxido había
infectado gran parte del pie y a la llanura honda entre la cueva y el
bosque ya se la conocía como “El valle de los gritos”.
La pobre Finira
nunca pudo volver a apoyar la pierna y murió un par de décadas
después, probablemente debido a la infección, o tal vez por la
diabetes.
Por entonces
tanto Flamir como Flaman eran dos jóvenes dragones no demasiado
preparados para lidiar con el mundo real pero a los que no les quedó
otro remedio que independizarse. Así que se fueron cada uno por su
lado en busca de un territorio propio, aunque por supuesto seguían
viéndose en la antigua cueva de Finira una vez al año.
Flaman, por su
parte, había crecido sano y robusto cual criatura alimentada con
comida de abuela, y a pesar de ser un dragón muy joven, era alto,
ancho de alas y de firme figura. Aunque algo propenso a los ataques
de histeria.
Se instaló en
una zona llamada Irqueban. Cerca de donde sabía que vivía su padre,
el antiguo compañero de Firelia. Un dragón de
gesto estoico y portentoso físico que se llamaba Badash, y que se
caracterizaba por ser capaz de juntar cinco palabras seguidas... y ni
una más.
No todos los
dragones somos bendecidos con la elocuencia.
Durante los
primeros años vivió de forma tranquila y confortable. Por suerte
aquella zona no era muy frecuentada por humanos, bestias, ni por
cualquiera que hubiera visto de lejos la sombra de Badash. De modo
que Flaman incluso podía permitirse bajar al bosque y pasear al
atardecer cuando la brisa era fresca y la luz suave. Cosa que jamás
hubiera hecho mientras era un nieto sobreprotegido.
En uno de estos
paseos, en el que Flaman se entretenía siguiendo a un par de
ardillas particularmente graciosas, notó de pronto como su rodilla
chocaba contra algo no demasiado duro, ni demasiado estable.
De mala gana
miró hacia abajo. Sentado desde el suelo lo miraba un hombre joven
de piernas largas y espalda contrahecha. Con los ojos tan abiertos
como un búho chiflado.
El dragón
gritó. El hombre gritó. El dragón lo pisó y el hombre dejó de
gritar.
Aunque no por
eso dejó de hacer ruido. Cuando Flaman levantó la pierna, el pobre
hombre aún vivía, pero en unas condiciones lamentables. Aunque
aún estaba lo bastante consciente para sentir dolor, y en
consecuencia, para quejarse por ello.
El dragón
estaba en pleno ataque de histeria, y su primer impulso fue
esconderse detrás de un árbol. Lo cual fue de por sí bastante
inútil, puesto que el árbol era un arce y Flaman un dragón de
considerable volumen.
Su segundo
impulso fue ir a rematarlo. Esto le costó dos intentos, ya que le
daba mucho asco volver a pisarlo y se limitó a empujarlo un poco con
la uña. Al final decidió golpearlo varias veces con la cola hasta
que el pobre desgraciado dejó de hacer ruido.
Finalmente se
abrió paso en su cabeza que quizá había hecho algo horrible, le
entraron nauseas y vomitó. Pero lo que vomitó fue una serie de
torpes llamaradas, que salían de aquellas fauces por primera vez en
su vida. En breves instantes prendió fuego a toda la zona,
reduciendo a cenizas al hombre, al arce, e incluso a las pobres
ardillas, que lo habían visto todo.
Rodeado por las
llamas, el traumatizado dragón echó a volar y observó su obra desde
arriba.
En este punto
debo detenerme de nuevo para aclarar un tema sin el cual no se
comprendería bien la situación:
Tengo entendido
que los humanos sufren de algo llamado “ardor de estómago”, no
se muy bien en que consiste ya que por muchas cosas que les he visto
sacar por la boca*, puedo asegurar que jamás les he visto echar
fuego. Pero tal vez esos “ardores de estómago” se asemejen a lo
que sufrimos los dragones a la hora de escupir ardientes llamaradas.
No es como si
pudiéramos echar fuego al hablar, bostezar o de cualquier manera. Sino que este fuego se crea en nuestro estómago cuando estamos
enfadados, asustados, frustrados, es decir... emocionalmente tensos.
Es algo que no
tenemos cuando somos pequeños, pero que se va asentando con la edad
hasta que aprendemos a controlar el fuego a voluntad propia*. Y es
que estas llamaradas tan características, además de ser una
contundente arma, tienen como objetivo liberarnos de tensiones.
Así pues, para
nosotros escupir fuego es calmante, placentero, liberador... y
terriblemente adictivo.
De modo que
esta es la imagen; el dragón observa desde el cielo abierto el
considerable incendio que acababa de provocar mientras va tomando
conciencia de las muchas formas imaginativas en que puede matar al
“bicho” que le ha atormentado durante toda su vida.
Pobre Flaman,
hubiese podido tener una vida larga y confortable.
Aldeas,
monasterios, granjas, caravanas... en kilómetros a la redonda el
aire siempre olía a ceniza gracias a “Flamigero Flaman”. En poco
tiempo desarrolló un especial talento para encontrar las posesiones
humanas más inflamables, y para incinerar con ellas a todo el que
estuviera cerca. Uno de sus ataques favoritos era prender fuego a los barcos
que estaban entrando en los puertos, para quedarse viendo desde
arriba como toda la bahía se transformaba en una bola de caos y
llamas.
He visto a
menudo que los jovencitos humanos tienen una costumbre muy fea;
buscan un cristal cóncavo que concentre los rayos del sol, y se
dedican a torturar las hormigas que salen de los hormigueros. ¿Que
diríamos de un niño así? ¿Que sólo se esta divirtiendo y son
cosas de críos, o que es un monstruo asesino y psicópata?. Supongo
que depende de lo cerca que estemos de ser hormigas. Además dudo que
las hormigas hubiesen matado a la madre del chiquillo del cristal
cóncavo.
En este caso
para las hormigas, digo... para los humanos. Flaman era un monstruo
despiadado y maldito que debía ser convertido en armaduras de
escamas y souvenirs de dragón. Y cuanto antes.
El terror que
inspiraba el escupe-fuego mantuvo a los aventureros a raya durante
mucho tiempo, además del hecho de que Flaman solía actuar siempre
desde la seguridad del cielo. Y es que por mucho que los humanos
agiten sus brazos, solo son capaces de volar hacia abajo.
Por desgracia
para él confiaba demasiado en su habilidad y cometió un error;
comenzó a atacar de día.
He de declarar
que en mi opinión; al “matadragones” le resultó vergonzosamente
fácil. En realidad ni siquiera recuerdo su nombre. Sé que se
trataba de un hombre del norte. Muy alto. De esos que son muy
ruidosos y cuyo idioma arrastra tanto las “erres”. El caso es que
el “matadragones” fue el primer ser humano conocido con este
nombre. No deja de ser curioso ya que otros habían matado dragones
antes que él, muchos otros los matarían después, y en realidad
solo mató un dragón en toda su vida. No obstante, fue sin lugar a
dudas el primer hombre conocido como “matadragones”.
La lógica
humana es potencialmente absurda.
Bastó con que
Flaman decidiese atacar un puerto de día. Que coincidiera con un día
de brillante y molesto sol. Que el humo del primer incendio subiese
rápido y el dragón tuviese que esquivarlo porque no veía ni torta.
Y que el “matadragones”, borracho como una cuba, se subiese al
mástil de un barco y comenzase a tirar arpones al aire.
Así fue. Fue
el propio Flaman el que se encontró con el arpón en el aire,
clavándoselo en el ojo izquierdo.
Con un terrible
bramido de dolor, cayó cuan largo era contra la vela de un barco,
enredándose en ella, arrastrando el barco, y derribando a su paso
toda la linea de naves que estaban en aquella parte del puerto.
Ya no se volvió
a levantar. Los marineros despedazaron el cadáver, el cual, a pesar
de ser considerable, no sirvió para pagar la cuenta de los destrozos
causados por la bestia.
Una cuenta cuyo
pago decidieron adjudicárselo al “matadragones”.
El pobre
borracho del arpón no tardó en salir corriendo de la ciudad,
huyendo de esta lógica absurda. Es una pena que no tuviera tiempo de
disfrutar de su nueva leyenda de héroe cazador de dragones; porque a
la semana se encontró, o más bien fue encontrado, por Badash, el
padre de su víctima. Quien puede ser que no supiera expresar su
dolor de padre con palabras, pero si pudo expresarlo con acciones.
Concretamente con la acción de tragarse vivo y entero al
“matadragones”, como si fuera un aperitivo.
Es por eso, que
también fue Badash el primer dragón en ser conocido como
“devorahombres”, lo cual es absurdo, ya que otros lo hicieron
antes que él, y otros los harían después. Pero él fue el primero en ser conocido como tal.
Aunque debo admitir que la idea de comerse un ser humano crudo y sin
lavar sigue siendo, a día de hoy, repugnante. Además de muy
indigesto.
Badash retomó
el reinado de terror en venganza por su hijo, y aunque sus ataques
fueron más espaciados en el tiempo, también fueron más
contundentes. Esto afianzó en todo Irqueban un encarnizado odio
hacia los dragones que aún hoy perdura. No tengo noticias de que
nadie consiguiera jamás matar a Badash, aunque muchos pretendían
haberlo hecho.
Además hace
décadas que le perdí la pista y no sé si sigue vivo. Pero si aún
vive es probable que sea ya un anciano cascarrabias con poca
conversación y un “matadragones” a medio digerir en su estómago."
...
* En una ocasión, mientras sobrevolaba una feria. Pude ver como un hombre se sacaba una espada del gaznate. Ignoro como se la tragó o si se la metió por alguna otra parte, pero puedo asegurar que no he visto nada tan perturbador en toda mi vida.
* Todavía recuerdo como mi madre me enseñaba a escupir fuego a base de darme collejas en la nuca para que "interiorizara" la sensación. Un día escupí una llamarada especialmente violenta e incendié las rosas del jardín. Mi madre se enfadó mucho, pero dijo que ya lo controlaba y no volvió a darme collejas.