sábado, 25 de octubre de 2014

DREMOR: FLAMAN



"Llegados a este punto, es inevitable pensar que toda esta muerte hubiera podido evitarse solo con que Firelia hubiese enseñado a sus hijos un poco de respeto por la propiedad ajena. Pero esa es una lección que el joven Flamir aprendió muy bien aunque demasiado tarde.
Se fue con su hermano Flaman a vivir con su abuela y a partir de entonces su comportamiento fue tímido y algo cobarde.

El pequeño Flaman, apenas un bebe dragón por aquel entonces, era demasiado pequeño para ser consciente de la tragedia sufrida por su familia, pero aún así no se libró del trauma. Esto es debido a que su abuela Finira, trastornada por la muerte de su hija, no perdía ocasión para amedrentar a sus nietos con los peligros de acercarse a los terribles humanos. Esas criaturas despiadadas que mataban dragones, robaban sus huevos y por si fuera poco, transmitían enfermedades.

No es de extrañar que el pequeño Flaman desarrollara una fobia visceral a los humanos, llegando al punto que si veía algo parecido a un hombre, aunque fuera de lejos, comenzaba a chillar y no se quedaba tranquilo hasta que su abuela lo pisaba. Los niños suelen tener miedos, de poco sirve que se enfrenten a ellos si no tienen la madurez para superarlos, de modo que Finria le consentía el capricho con tal de que Flaman no empezara una de sus rabietas.
Pero esto tampoco resultó la mejor opción educativa, ya que se juntaban dos aciagas circunstancias:
Una, que Finira, con la edad, ya no veía demasiado bien. Y otra, que el chiquillo chillaba por cualquier cosa que tuviera piernas, brazos o un sombrero.
Fue así como la pobre Finira aplastó un buen día un espantapájaros.

Un inocente muñeco de paja que por desgracia estaba construido sobre una antigua lanza de guerra, la cual demostró ser bastante más resistente que la columna vertebral de un humano, y también bastante más vengativa.
No es que las plantas de los pies sean precisamente la parte más dura de un dragón. Eso, unido a que Finira la había pisado con bastantes ganas, ocasionó que la lanza se doblara, clavándose cual garfio oxidado en el juanete de la pobre dragona.
Para cuando sus horrorizados nietos consiguieron sacar el arma, el óxido había infectado gran parte del pie y a la llanura honda entre la cueva y el bosque ya se la conocía como “El valle de los gritos”.
La pobre Finira nunca pudo volver a apoyar la pierna y murió un par de décadas después, probablemente debido a la infección, o tal vez por la diabetes.
Por entonces tanto Flamir como Flaman eran dos jóvenes dragones no demasiado preparados para lidiar con el mundo real pero a los que no les quedó otro remedio que independizarse. Así que se fueron cada uno por su lado en busca de un territorio propio, aunque por supuesto seguían viéndose en la antigua cueva de Finira una vez al año.

Flaman, por su parte, había crecido sano y robusto cual criatura alimentada con comida de abuela, y a pesar de ser un dragón muy joven, era alto, ancho de alas y de firme figura. Aunque algo propenso a los ataques de histeria.
Se instaló en una zona llamada Irqueban. Cerca de donde sabía que vivía su padre, el antiguo compañero de Firelia. Un dragón de gesto estoico y portentoso físico que se llamaba Badash, y que se caracterizaba por ser capaz de juntar cinco palabras seguidas... y ni una más.
No todos los dragones somos bendecidos con la elocuencia.

Durante los primeros años vivió de forma tranquila y confortable. Por suerte aquella zona no era muy frecuentada por humanos, bestias, ni por cualquiera que hubiera visto de lejos la sombra de Badash. De modo que Flaman incluso podía permitirse bajar al bosque y pasear al atardecer cuando la brisa era fresca y la luz suave. Cosa que jamás hubiera hecho mientras era un nieto sobreprotegido.
En uno de estos paseos, en el que Flaman se entretenía siguiendo a un par de ardillas particularmente graciosas, notó de pronto como su rodilla chocaba contra algo no demasiado duro, ni demasiado estable.
De mala gana miró hacia abajo. Sentado desde el suelo lo miraba un hombre joven de piernas largas y espalda contrahecha. Con los ojos tan abiertos como un búho chiflado.

El dragón gritó. El hombre gritó. El dragón lo pisó y el hombre dejó de gritar.

Aunque no por eso dejó de hacer ruido. Cuando Flaman levantó la pierna, el pobre hombre aún vivía, pero en unas condiciones lamentables. Aunque aún estaba lo bastante consciente para sentir dolor, y en consecuencia, para quejarse por ello.
El dragón estaba en pleno ataque de histeria, y su primer impulso fue esconderse detrás de un árbol. Lo cual fue de por sí bastante inútil, puesto que el árbol era un arce y Flaman un dragón de considerable volumen.
Su segundo impulso fue ir a rematarlo. Esto le costó dos intentos, ya que le daba mucho asco volver a pisarlo y se limitó a empujarlo un poco con la uña. Al final decidió golpearlo varias veces con la cola hasta que el pobre desgraciado dejó de hacer ruido.
Finalmente se abrió paso en su cabeza que quizá había hecho algo horrible, le entraron nauseas y vomitó. Pero lo que vomitó fue una serie de torpes llamaradas, que salían de aquellas fauces por primera vez en su vida. En breves instantes prendió fuego a toda la zona, reduciendo a cenizas al hombre, al arce, e incluso a las pobres ardillas, que lo habían visto todo.
Rodeado por las llamas, el traumatizado dragón echó a volar y observó su obra desde arriba.

En este punto debo detenerme de nuevo para aclarar un tema sin el cual no se comprendería bien la situación:
Tengo entendido que los humanos sufren de algo llamado “ardor de estómago”, no se muy bien en que consiste ya que por muchas cosas que les he visto sacar por la boca*, puedo asegurar que jamás les he visto echar fuego. Pero tal vez esos “ardores de estómago” se asemejen a lo que sufrimos los dragones a la hora de escupir ardientes llamaradas.
No es como si pudiéramos echar fuego al hablar, bostezar o de cualquier manera. Sino que este fuego se crea en nuestro estómago cuando estamos enfadados, asustados, frustrados, es decir... emocionalmente tensos.
Es algo que no tenemos cuando somos pequeños, pero que se va asentando con la edad hasta que aprendemos a controlar el fuego a voluntad propia*. Y es que estas llamaradas tan características, además de ser una contundente arma, tienen como objetivo liberarnos de tensiones.
Así pues, para nosotros escupir fuego es calmante, placentero, liberador... y terriblemente adictivo.

De modo que esta es la imagen; el dragón observa desde el cielo abierto el considerable incendio que acababa de provocar mientras va tomando conciencia de las muchas formas imaginativas en que puede matar al “bicho” que le ha atormentado durante toda su vida.
Pobre Flaman, hubiese podido tener una vida larga y confortable.

Aldeas, monasterios, granjas, caravanas... en kilómetros a la redonda el aire siempre olía a ceniza gracias a “Flamigero Flaman”. En poco tiempo desarrolló un especial talento para encontrar las posesiones humanas más inflamables, y para incinerar con ellas a todo el que estuviera cerca. Uno de sus ataques favoritos era prender fuego a los barcos que estaban entrando en los puertos, para quedarse viendo desde arriba como toda la bahía se transformaba en una bola de caos y llamas.
He visto a menudo que los jovencitos humanos tienen una costumbre muy fea; buscan un cristal cóncavo que concentre los rayos del sol, y se dedican a torturar las hormigas que salen de los hormigueros. ¿Que diríamos de un niño así? ¿Que sólo se esta divirtiendo y son cosas de críos, o que es un monstruo asesino y psicópata?. Supongo que depende de lo cerca que estemos de ser hormigas. Además dudo que las hormigas hubiesen matado a la madre del chiquillo del cristal cóncavo.
En este caso para las hormigas, digo... para los humanos. Flaman era un monstruo despiadado y maldito que debía ser convertido en armaduras de escamas y souvenirs de dragón. Y cuanto antes.

El terror que inspiraba el escupe-fuego mantuvo a los aventureros a raya durante mucho tiempo, además del hecho de que Flaman solía actuar siempre desde la seguridad del cielo. Y es que por mucho que los humanos agiten sus brazos, solo son capaces de volar hacia abajo.
Por desgracia para él confiaba demasiado en su habilidad y cometió un error; comenzó a atacar de día.
He de declarar que en mi opinión; al “matadragones” le resultó vergonzosamente fácil. En realidad ni siquiera recuerdo su nombre. Sé que se trataba de un hombre del norte. Muy alto. De esos que son muy ruidosos y cuyo idioma arrastra tanto las “erres”. El caso es que el “matadragones” fue el primer ser humano conocido con este nombre. No deja de ser curioso ya que otros habían matado dragones antes que él, muchos otros los matarían después, y en realidad solo mató un dragón en toda su vida. No obstante, fue sin lugar a dudas el primer hombre conocido como “matadragones”.
La lógica humana es potencialmente absurda.

Bastó con que Flaman decidiese atacar un puerto de día. Que coincidiera con un día de brillante y molesto sol. Que el humo del primer incendio subiese rápido y el dragón tuviese que esquivarlo porque no veía ni torta. Y que el “matadragones”, borracho como una cuba, se subiese al mástil de un barco y comenzase a tirar arpones al aire.
Así fue. Fue el propio Flaman el que se encontró con el arpón en el aire, clavándoselo en el ojo izquierdo.
Con un terrible bramido de dolor, cayó cuan largo era contra la vela de un barco, enredándose en ella, arrastrando el barco, y derribando a su paso toda la linea de naves que estaban en aquella parte del puerto.
Ya no se volvió a levantar. Los marineros despedazaron el cadáver, el cual, a pesar de ser considerable, no sirvió para pagar la cuenta de los destrozos causados por la bestia.
Una cuenta cuyo pago decidieron adjudicárselo al “matadragones”.
El pobre borracho del arpón no tardó en salir corriendo de la ciudad, huyendo de esta lógica absurda. Es una pena que no tuviera tiempo de disfrutar de su nueva leyenda de héroe cazador de dragones; porque a la semana se encontró, o más bien fue encontrado, por Badash, el padre de su víctima. Quien puede ser que no supiera expresar su dolor de padre con palabras, pero si pudo expresarlo con acciones. Concretamente con la acción de tragarse vivo y entero al “matadragones”, como si fuera un aperitivo.

Es por eso, que también fue Badash el primer dragón en ser conocido como “devorahombres”, lo cual es absurdo, ya que otros lo hicieron antes que él, y otros los harían después. Pero él fue el primero en ser conocido como tal. Aunque debo admitir que la idea de comerse un ser humano crudo y sin lavar sigue siendo, a día de hoy, repugnante. Además de muy indigesto.



Badash retomó el reinado de terror en venganza por su hijo, y aunque sus ataques fueron más espaciados en el tiempo, también fueron más contundentes. Esto afianzó en todo Irqueban un encarnizado odio hacia los dragones que aún hoy perdura. No tengo noticias de que nadie consiguiera jamás matar a Badash, aunque muchos pretendían haberlo hecho.

Además hace décadas que le perdí la pista y no sé si sigue vivo. Pero si aún vive es probable que sea ya un anciano cascarrabias con poca conversación y un “matadragones” a medio digerir en su estómago."



...





* En una ocasión, mientras sobrevolaba una feria. Pude ver como un hombre se sacaba una espada del gaznate. Ignoro como se la tragó o si se la metió por alguna otra parte, pero puedo asegurar que no he visto nada tan perturbador en toda mi vida.

* Todavía recuerdo como mi madre me enseñaba a escupir fuego a base de darme collejas en la nuca para que "interiorizara" la sensación. Un día escupí una llamarada especialmente violenta e incendié las rosas del jardín. Mi madre se enfadó mucho, pero dijo que ya lo controlaba y no volvió a darme collejas.


jueves, 25 de septiembre de 2014

DREMOR: FIRELIA



"... En realidad el conflicto empezó de forma bastante estúpida. No es como si los dragones y los hombres hubiesen sido siempre enemigos por naturaleza; es que su convivencia en general nunca ha sido fácil. Los humanos, por defecto, tienen un interés suicida en enfrentarse a criaturas que son más grandes que ellos. Y en cuanto a los dragones, bueno... no nos gusta demasiado que nos claven cosas puntiagudas.

Todo empezó cuando aún vivía Firelia la de la garra corta, (llamada así por su fea costumbre de morderse las uñas), que vivía en una cueva al norte de la zona que los hombres llamaban Graven, pero que los dragones conocían como “Allí donde vive Firelia, la hija de la Finira”.
Aunque es difícil de saber si ya había tiranteces antes, o en realidad la culpa fue de sus hijos, que no estaban muy bien educados...

Bueno, el caso es que hubo una tarde en que Flamir, el mayor de los hijos de la dragona volvía de una escapada diurna* a varios kilómetros de su cueva. El tal Flamir estaba en esa edad adolescente en la que uno piensa que lo sabe todo y que su madre ha nacido ayer, y no hace un par de siglos. Como prefería encarar a su madre un poco más fresco, decidió echar una cabezadita antes de llegar a la cueva. Para ello escogió una llanura que le pareció mullida y acogedora, y que por desgracia se trataba de la mullida y acogedora plantación de trigo de un granjero.
Se puede uno imaginar la reacción del granjero cuando salió de echar la siesta en su casa y se encontró un dragón dormido de considerable tamaño, (Flamir estaba pegando el estirón por aquellas décadas). No solo se puede imaginar, sino que se sabe a ciencia cierta que su reacción fue salir corriendo en un sorprendente silencio mientras su mujer le seguía algo menos discreta.
Esta, amigos míos, fue una reacción inteligente. Cobarde, sí. Pero inteligente.

Poco se sabe de la bronca que tuvo aguantar Flamir al llegar a la cueva horas después, pero no debió de ser muy grande, ya que a las dos semanas el alado mozalbete repitió la hazaña escogiendo para la siesta el mismo resignado campo de trigo.
Entretanto, al granjero le había dado tiempo a calcular el dinero que había perdido en la primera siesta del dragón, y no estaba dispuesto a perder su cosecha cada vez que la bestia tuviera sueño.

Es una verdad conocida que cuando un humano pierde algo de dinero, por desgracia pierde también algo de inteligencia.

El pequeño hombre de campo contempló al dragón dormido sobre su preciado trigo y calculó mentalmente el valor de la presa que tenía delante. Como el pobre hombre seguramente no sabía multiplicar, el cálculo no fue muy preciso, pero aún así se convenció de que el beneficio era superior al riesgo.
Hay que aclarar que por aquel entonces la caza de dragones no estaba tan extendida como ahora y un par de escamas de dragón bien podían compensar una cosecha entera. Con un saco de escamas se podía vivir cómodamente cinco años, y con un par de buenos colmillos toda la aldea podía hacerse con un completo molino nuevo. Hoy día un par de colmillos apenas te dan para una barca de remos y un saco de cebollas.

Pero volviendo al tema; al hombre le sobró tiempo para bajar hasta la aldea y conseguir un buen grupo de codiciosos bravucones armados con lanzas, guadañas, horcas... en fin, el típico arsenal de cosas puntiagudas, todos ellos dispuestos a cobrarse la pieza.
Aunque ninguna de estas armas campesinas podían realmente hacer ningún daño grave a un dragón, podéis imaginar lo que supone despertar rodeado de un montón de enanos que te gritan, te clavan cosas, y que probablemente, huelen fatal.
Para más inri, las escamas de Flamir no eran aún la dura coraza de un dragón adulto, sino más bien una suerte de juvenil cáscara.
Para cuando a la víctima le dio por recordar que tenía alas, ya llevaba unos cuantos moratones, un par de “astillas” clavadas en la garra izquierda, y hasta unos arañazos en la cola que rezaban: “Kevin estuvo aquí”.

En mis tiempos, cuando uno llegaba a la cueva de esta guisa, lo suyo es que además se llevara un buen zarpazo mientras le espetaban “¡Algo habrás hecho!” o “¡Así aprenderás a no buscarte líos!”. Pero Firelia era una madre joven y protectora, y cuando vio el estado de su primogénito, emitió un furioso rugido muy poco femenino incluso para un dragón, y echó a volar sedienta de sangre de paleto.
Dos días después Firelia estaba completamente afónica, y apenas quedaba nada de la acogedora granja o de la aldea de avariciosos bravucones. Sino poco más que unas ruinas humeantes, las cenizas de los desgraciados que no pudieron correr bastante y una cafetera que alguien se había dejado sobre la cocina.
Tremenda rabieta.

¿Había sido injusta?, ¿Había ido demasiado lejos la dragona en su ansia de destrucción?.
Puede ser. Así podría ser visto desde fuera. Pero debo reconocer que si Flamir hubiera sido hijo mío no hubieran quedado ni los desgraciados que corrieron bastante... aunque puede que Flamir también se hubiese llevado un buen zarpazo.

Ni que decir tiene que los supervivientes del ataque contaron su dramática historia a todo aquel en kilómetros que les diera comida y abrigo. Y he aquí que uno de ellos había tenido el poco respeto a su propio pellejo como para rescatar de las ruinas tres escamas de dragón. Las únicas tres escamas que habían logrado arrancar a Flamir en su torpe ataque.  

Ah la avaricia... esa poderosa hermana de la ambición que nos separa a hombres y dragones de los animales. En unas semanas las escamas habían cambiado varias veces de manos con mayor o menor voluntad por parte de sus dueños, y es que no hay nada que despierte más la avaricia que aquellos bienes que simplemente no se pueden conseguir en ninguna otra parte.

Pero como tres escamas no daban para satisfacer la codicia humana, no tardaron en aparecer grupos de bravos aventureros dispuestos a hacerse con el honor y la fortuna de cazar a la “Temible Firelia de Graven”, que es como se la empezó a conocer. Muchos de ellos encontraron una muerte calcinada al pie de la montaña, unos pocos desistían frustrados tras una ardua batalla, y algunos simplemente subían la ladera, merendaban junto a la fuente y decidían que había sido un bonito paseo por el monte.
Tarde comenzó Firelia a pensar en mudarse a otra cueva más tranquila, porque un día apareció la expedición del que más tarde sería conocido como “Robert el silenciador de Graven”, acompañado de sus bravos caballeros. 
El susodicho Robert era un noble venido a menos, con un ojo vago y una cordura gravemente perjudicada. El cual, mientras la dragona se merendaba a sus leales caballeros se dedicó a atacar de forma histérica con su espada como una especie de mosquito poseído.
En uno de estos lances, acertó por fin a clavar la espada entre dos escamas justo en la garganta de la bestia, la cual se atragantó con el arma, y se encontró incapaz de lanzar nada más que incrédulos espumarajos. 
La infeliz fue rematada en cuestión de minutos por aquellos caballeros de Robert que aún vivían, y por un escudero especialmente sanguinario.



Los despojos de la pobre Firelia sirvieron para granjearle a Lord Robert un condado en la costa y unas buenas tierras para sus caballeros. El escudero especialmente sanguinario dejó las armas y se construyó una taberna que hoy día aún es famosa por sus carnes a la brasa. "


...





* Como todo el mundo sabe; los dragones somos criaturas nocturnas por naturaleza.
Hay discrepancias en cuanto a si esta nocturnidad se debe a causas biológicas, metabólicas o ambientales, como nuestra condición de depredadores o las molestias que causa la luz solar en nuestros delicados ojos.
O tal vez alguno de nuestros antepasados decidió vivir de noche y ahora nos da pereza corregir la costumbre.